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viernes, 29 de julio de 2016

PRIMERO YO, LUEGO TODOS Y AL FIN NOSOTROS.


La vida es más llevadera si a intervalos nos concedemos la tregua de aprovechar aquellos momentos felices que ansiamos tener. Si caemos en el pecado de analizarlos con frialdad obtenemos, incluso no queriéndolo, la congoja de ver alejarse el placentero sueño que vivimos. Los espíritus enfermos, faltos de fe, lloran en silencio la ausencia de sentimientos que impulsan en los difíciles días oscuros. La excesiva confianza en el prójimo no evita estos días, pero si ayuda, mientras nos encontramos solos, a tener fe en otras personas. Personas que quizá todavía no conocemos pero sentimos que aparecerán para acompañarnos en este lado del camino. El conocimiento personal de aprender a no dejar escapar lo mucho o poco que tenemos está fraguándose en nuestro interior, a través de la ayuda de la observación y la experiencia. Cosa esta que solo podemos conseguir nosotros mismos en la soledad de una habitación perjudicada por una tenue luz de nuestros pensamientos.

No odio el silencio, pero hay ocasiones en las que el ruido de fondo de un concierto de rock me puede enseñar a compartir el mismo sueño que otros sienten leyendo un libro: disfrutar del aquí y el ahora. A veces es necesario integrarnos en la multitud para aprender a decir “basta”, aunque solo sea balbuceándolo, y romper con el enigma del misterio de la existencia. La sociedad nos obliga a disfrutar en momentos puntuales de su multitud. Aprendemos que ser un grano en el desierto, donde hay tantos, es terapéutico para no vernos inundados de la individualidad en esa habitación en la que damos rienda suelta a nuestros pensamientos, pasando de esta forma a la acción.

Y por último, después de construir el primer cimiento del crecimiento personal, y el segundo, saber disfrutar de los momentos en sociedad, aparece, un gran día, alguien con quien conectas. Creces hacía un lado que, aun habiendo vivido algo similar, desconoces la dirección a la que te van a llevar tus pasos. Robas un poco de la suerte de los dioses y no te sientes por ello un ladrón. Empieza a gustarte el color rojo en forma de corazón, y tu número favorito ya no es el seis sino el dos.

Escuchemos nuestra voz interior y demostrémonos lo importantes que somos a este mundo que nos rodea tanto cuando estamos solo, o en grupo, o cuando hayamos encontrado el amor. Un saludo y buenas días amig@s.