domingo, 19 de marzo de 2017

EL SENTIDO


Todos necesitamos ese argumento al que llaman “sentido” para levantarnos cada mañana y no perdernos entre los dos polos del abismo, nuestro adversario de mala voluntad, y la presencia embriagadora de que todo está hecho ya. Cuando se buscan estos dos extremos hallamos la intención de volver a empezar, copiando lo que más nos gustó del ayer e intentando cambiar lo que deseamos alcanzar y todavía no está entre nuestras manos.
Me hastía pensar que la empalagosa razón ha de estar presente en todo lo que hacemos. A veces, algo irracional tiene más sentido que luchar por comprender el significado de nuestras acciones.
No censuro aquel que poseído de alegría sabe que no tiene que buscar más allá de sus pensamientos. Tampoco critico al que encontró el sentido lúgubre del equilibrio y añora el vivir en la ignorancia que se aloja en su arrogancia. Y por ende, tampoco maldigo a los que pasan de un extremo a otro con la intención de entenderse a si mismos.

domingo, 19 de febrero de 2017

EL PODER DE LAS PALABRAS


A veces la comunicación no es perfecta. Para algunos un “hasta luego” significa “adiós”, para otros “hasta mañana” y para otros “hasta dentro de un ratito”. Interconectar con el lenguaje del otro es quizá una de las hazañas más difíciles de conseguir. La mayoría de los sufrimientos y crisis entre personas se deben a este divorcio de los significados de las palabras entre los unos y los otros.

Quizá el “te quiero” para unos significa”¿quieres casarte conmigo?” Para otros,” no te separes de mi” o “deseo que todo te vaya bien en la vida”. Es complicado ponerse de acuerdo, por esa misma razón debemos explicarnos si queremos evitar interpretaciones erróneas de lo que queremos expresar.

Cuando con palabras exteriorizamos lo que sentimos, nuestras palabras pueden sufrir distorsiones al llegar a los oídos del que tenemos en frente. Pero tal vez, la buena intención se deja ver por aquellos ojos que nos miran y el amor que transporta ese “te quiero” hace sentir bien.

domingo, 12 de febrero de 2017

CURAR CON EL SUEÑO


He de aprender. He de aprender mucho… a calmar mi alma cuando está embravecida, a vencer la humillación con una sonrisa y la vida y el tiempo me enseñarán a mirar las cosas desde la distancia.

Quisiera cambiar en muchas cosas… quisiera sonreír aunque todo pierda el sentido, quisiera romper con las obsesiones para dar paso a esa línea que aparece serena y aunque pusilánime mantener lo importante con vida, quisiera ser inmortal sin alejarme de lo que me rodea, quisiera no perder nunca y si así sucede al menos aprender que no siempre se gana.

Quisiera… quisiera… quisiera que en esas noches de insomnio la luna me dijera que ella no es capaz de convertir la madrugada en día, y que me acogiera en su sueño para que al amanecer partiera de cero.

domingo, 5 de febrero de 2017

PRIMER Y UNICO AMOR


Érase una vez un joven muchachito llamado Valentín, que habitaba en un mundo subterráneo llamado Tierra, donde desde joven triunfó por ser siempre vencedor de los duelos a los que se presentaba, por ser siempre triunfador de aquellas batallas que presenciaba. Fue su modo de ganarse la vida. Con ello recibió remuneraciones y demás premios que le servían para lucir espadas de materiales preciosos.

            Para Valentín el amor era algo abstracto, incomprensible para su mente al no ser experimentado. La osadía cultivada y engrandecida por sus glorias le había hecho aversivo del buen sentir. Sentir que desconocía, sentir que no vivía. Utilizaba a las mujeres para su placer, no sentía por ellas afecto ni ternura, pues tampoco el ponía un diminuto, tan si quiera, interés para, ya no pido entregar su corazón, sino que digo sentir por ellas algún cariño. Su ley parecía el desamor y ante él todos asentían.


            En otro mundo donde se ponían las nubes el de Valentín, allí en lo alto, vivían princesas y príncipes que compensaban sus puros y lícitos amores haciéndose abstemios de la lujuria, privándose de actos puntuales que les permitían vivir en ese mundo: Experiencia.

            Cierto día una princesita, hija del rey Paz y de la reina Amor, se mezcló entre los árboles del bosque y sin esperarlo halló un pozo sin fondo. Al intentar descubrir si el fondo no existía o eran sus sentidos los que no lo percibían, se inclinó y un lazo que retenía su cabello unido, se liberó. La princesita llamada Celestina quiso recogerlo al vuelo, pero su apero fue absorbido por aquel agujero negro. El lazo cayó al mundo Tierra en las manos de un herrador. Éste comprendiendo que venía del mundo Experiencia a su poderdante principal se lo entregó. El poderdante obligado por la ley de la “no-gravedad” tenía que devolverlo y a Valentín envió.

 
            Días pasaron, mientras Valentín cabalgaba en su robusto caballo negro, antes de alcanzar el palacio donde el rey Paz, muy amablemente, le adentró en su castillo. Le hizo partícipe de su manjar. Manjares que no eran sabrosas comidas, ni buen vino, ni mujeres de usar y tirar; sino esencias, palabras… Valentín no lo entendía. Era otra lengua la que  hablaban. Tenía que traducir los actos por los verbos y los gritos por gestos. En este mundo donde su osadía era aprensiva, donde su atrevimiento se tornó timidez y su fuerza en la lucha, asustadiza, allí recibió la condecoración por haber devuelto el lazo perdido de la princesita Celestina.

 
            Una mañana a las once, cuando el Sol calentaba en el corazón del mundo Experiencia, Valentín fue coronado. (En ese mundo no existía la idolatración decían, sino hubiera sido idolatrado.) Puso Don Cupido, de gran prestigio en aquel mundo, una corona revestida con laurel en la cabeza un poco inclinada de Valentín, que con un lento movimiento de ojos la alzó y pararon en un suave gesto, delicado, que transmitía para él cierta envidia: Fue un gesto de virginidad.

            Aquella jovencita que felizmente gesticulaba se llamaba Sencillez. Valentín buscaba un verbo para describir la sensación tan placentera que en su interior vivía. Era un sentimiento inmaterial, algo por él desconocido. Todos aquellos galardones no le habían hecho ir tan alto como en ese momento estaba. Valentín se enamoró.


            Valentín siguió a su instinto, Sencillez a su corazón, ninguno de ellos a la razón. Camuflaron la presencia de aquel caballero en ese mundo mientras los secretos sobrevivieron. Fueron dos cómplices del amor. Sus caminos forzadamente se habían unido.

            Camuflaron la existencia de Valentín en el mundo Experiencia pues a nadie le estaba permitido estar en el si no le correspondía. El Señor Sabio, que lo sabía todo, les ayudó. Y de esa unión fue engendrado Igualdad. Fue un niño muy feliz, pero en su adolescencia, el Señor Sabio cometió un error, se confesó de lo que por él era sabido a su íntimo amigo Ingenuidad. Ingenuidad no sabía callar  y pronto se descubrió el velo de la intimidad. Se formó un gran alboroto y la Guardia Real, conocida como Las Plaquetas, le dieron “algo” llamado su merecido. Aún no existiendo guerras, si había leyes, que al no ser jamás incumplidas, por ser una forma de vida, no era preciso usar la fuerza.

            Tras la “paliza” a Valentín, éste asintió ante su destino y permitiendo lo que él creía injusto, se despidió de Sencillez una noche en clandestinidad.

            En el camino de regreso se hallaba afligido por la pena y la desdicha, pero al cruzar el umbral de su mundo natal volvió a ser emprendedor. Su trono le esperó.

            Igualdad quedó sepultado en los fondos del mundo Experiencia y al mismo tiempo inhumado en las nubes del mundo Tierra. Él no entendía y prefirió dormir entre Tierra y Experiencia esperando comprender lo desigual, esperando decidir en cual despertar.

            Sencillez y Valentín, cada uno en su mundo como estaba escrito en un principio, pues la naturaleza era irracional y no quiso alterarse, se recordaron mutuamente cada mañana, cada tarde, cada día y cada noche. Sencillez, sin lágrimas se alegró de haber conocido el amor. Valentín siguió cultivando glorias y trofeos. Y los dos amaban lo que había surgido al haberse conocido: Igualdad.

            Cada vez que uno de los dos retrocedía el pensamiento al pasado vivido en común les aparecía en el cabello un nuevo pelo blanco. Asi, pronto, canosos los dos, murieron con la dicha de habérseles presentado el amor. Fueron primer y único amor.

miércoles, 1 de febrero de 2017

DEJAR A LOS SUEÑOS DORMIDOS


Tengo miedo a triunfar. No hago nada en ese sentido. Ni empleo la dedicación suficiente y el  cariño que necesitaría para destacar en lo que creo que busco. O quizá no sea miedo a triunfar lo que se esconde en el fondo de mi ser.

Las derrotas atraen las lágrimas y estas son fruto de un sufrimiento que yo evito. El no actuar, el rendirme a momentos, esconde ese miedo a que te digan que no vales para lo que crees haber nacido.

Compartes el sueño con la vida y a veces, esto no es posible. Deseas liberarte y no lo consigues. Si ves a una gran persona a la que quieres triunfar, piensas que tú también puedes. Pero el reto puede ser mayor en ti si no tienes de tu parte al destino.

Si el conseguir el objetivo no depende de ti, eso lo hace lejano. Cuando una gran amiga te sacude para hacerte reaccionar y esconder ese miedo al rechazo. En cambio se buscan otras metas para ponerte a prueba y detrás escondes la ansiedad y la insatisfacción, aunque siempre quedará vivir de la ilusión que viven los otros.

Me sentencio a esto, a vivir de la ilusión de otros. Eso es bueno. Es acertado siempre no subirte a un tren, cuando le ves parado e intuyes que no va a desplazarse en la dirección que quieres. Es de sabios no tropezar aunque para eso hayas de dejar a los sueños dormidos.

domingo, 29 de enero de 2017

AQUELLA MARAVILLOSA IGUALDAD


El reloj es el culpable de mi ancha memoria. Mientras él continúa su paso, yo me detengo a reflexionar lo que en mi ha guardado. Hubo minutos que me parecía que el tiempo se había detenido, largos minutos... insoportables. Otros que pasaban fugaces para romper en un recuerdo inolvidable. Me siento presa de esta máquina que me hace respetar las fechas señaladas como un cerdo esperando la matanza.

No soy reo del tiempo, aunque así lo he aprendido. No soy anárquica por evitar la represión que todos hallan entre sus pensamientos para extraer lo negativo de las circunstancias. Cada lustro que transcurre, todos aprendemos algo sobre nosotros mismos. Yo en los últimos cinco años me he conocido. Convivir con mis pensamientos y lidiar con las doncellas tanto de mis ilusiones como de mis inconscientes desequilibrios, han enraizado en mí ser la esencia de la existencia. Y después de esta enseñanza he quedado ilesa.

El bien de todos, la utopía de muchos filósofos, es posible. Es suficiente con enfocar nuestro egocentrismo en no perjudicar al prójimo. Así evitaríamos que la sangre que alimenta la traición se fundiera con la sed de la avaricia y caminando ésta a un agujero negro de la galaxia, triunfaría la nobleza de las palabras sinceras.

El poder de la palabra, exclusivo de aquellos semejantes a Dios, ha perdido en su uso la primera intención. Reconocer que los fallos no tienen nombre y que los insultos a una raza son producto del miedo a perder nuestra posición.  Tenemos un color de piel que nos hace tan distintos que parece perder importancia que todos somos personas. Luchamos por tener una vida mejor e ignoramos que somos uno en esa intención.

Creemos ser únicos, y así es. Pero no olvidemos que todos lo somos. Tal vez algunos no han descubierto que o pertenecemos al grupo de los amantes de la vida, aquellos que aún se maravillan de la existencia, o al de los terroríficos cerebros limitados por la soberbia, haciéndose amos de sus mentiras. Yo soy poeta y a veces siento que lucho en contra del viento, pero no me restan ganas de continuar con mi ingenuidad poniendo la victoria en la igualdad.

viernes, 27 de enero de 2017

MI COMPROMISO


Yo tengo un sueño. ¿Merece la pena saber si va a ser alguna vez real? Quizá no deseé perturbar mi ilusión con la certeza de no verlo jamás cumplido. Quizá no quiera dejar de luchar por un imposible. Quizá  mi vida perdiera todo el sentido si conociera lo que de mi espera el destino.

Dudo si tengo miedo por lo tanto lo tengo. Miedo a perder ese sueño y conformarme con lo que ahora tengo.

Me pregunto: “¿Soy feliz?” Y mi respuesta es “sí”. Y me pregunto de nuevo “Entonces ¿Tienes miedo?” Mi respuesta vuelve a ser “sí”. Y es que temo perder esta ilusión que me impulsa en la mañana a seguir existiendo.

La ambición que rompe el embrujo de lo sencillo ¿es innata en el ser humano o soy yo que espero demasiado? ¿Tan exigente me considero que no ceso en mi intento de romper con lo cotidiano, perdiéndome en este sueño que me resta horas de descanso? o ¿Quizá lo que tema es no tener motivación para seguir viviendo?

Todos ocultamos un miedo a vivir y un sueño por vivir. La paciencia, esa cualidad que creen que no tengo, es aceptar el presente no viviendo en un futuro que dudas que está ahí, esperándote,  y riéndose de tu preocupación por que tu sueño sea vitalicio. Viviendo hoy la lucha por conseguirlo es tal vez, la manera de sentirlo igual que si se hubiera cumplido. Por eso, si dudo de alcanzarlo, esa duda me resta en el futuro el lograrlo. Y no prometo ser paciente, me comprometo a no perder este sueño por el que lucho en el siempre y constante presente.